O más bien, la mochila. Nos vamos de viaje. ¡Yujuuu! Casi cuarenta días. ¡Yujuuu! Al sudeste asiático. ¡Yujuuu! De mochileros. ¡Yu… ¿qué? ¿De mochiqué? Pues eso, de mochileros. A lo loco.

Iván y yo hemos viajado un poco, unas veces a hotelazos y otras a hotelillos, unas veces a una sola ciudad y otras haciendo ruta por todo el país, pero siempre con maleta y plan definido. Y a lo mejor es la crisis de los casi-treinta pero esta vez nos apetecía irnos en plan aventura, sin hoteles, con la ruta apenas planificada, comiendo en puestos callejeros y pidiendo a los amables habitantes laosianos que nos dejen dormir en el salón de su casa. A lo loco total.

Eso sí, hemos sido razonables. Porque yo tendré muchas virtudes pero la resistencia física no es una de ellas y eso lo sé yo, lo sabe Iván y lo sabe cualquiera que me haya visto coger la copa de balón del gintonic con las dos manos porque con una no puedo. Así que, ante la tesitura de que acabe mi marido cruzando el Mekong con dos mochilas a la espalda, hemos decidido llevarlo todo en una. Y que yo me encargue de la cámara, la guía y la botella de agua. Todos ganamos. :)

Y yo, que para quince días me llevo quince vestidos para no repetir en las fotos, he visto mi capacidad estilística muy limitada. De momento, y a falta de la revisión y peso final de la mochila, mi equipaje para casi 40 días consiste en un pantalón corto, un pantalón largo, tres camisetas y tres vestidos. Mi única concesión al glamour será una pastillita de jabón de Olivia Soaps para ducharme y un esmalte de uñas coral.

Ahora estoy tranquila pero me he pasado un mes buscando en google cosas como “how to backpack in style” o “how not to look as a backpaker”. Porque vamos a ser sinceros, los turistas somos molestos siempre, independientemente de la pasta que nos dejemos en el país. Y cuanto más anómalos vestidos, peor. A mí ya me molestan en Coruña y vienen pocos, imaginaos en Tailandia.

Nunca he comprendido a la gente que se pasea por Londres con pantalones cargo desmontables y botas de trekking ni a los que visitan Roma con chaleco multibolsillos y sombrero de camuflaje. ¿Vas a la Fontana di Trevi o a explorar zonas vírgenes del Amazonas? No hay necesidad. Si en tu casa te vistes normal, ¿por qué, por quéeee, te disfrazas para viajar? Con lo bonito que es pasar inadvertido, camuflarte entre los autóctonos, no dejar huella…

Total, que en esas estoy. Nos vamos dentro de menos de 24 horas y tenemos todo a medio hacer. Hay que comprar antimosquitos, un candado, unas chanclas, hacernos fotos de carnet y reservar algún hotel por lo menos para las primeras noches. He investigado también un poco el tema de la comida sin gluten y parece que me voy a poder poner como el Quico a base de arroz y noodles, así que estoy encantada.

No era la intención, pero finalmente el tablet viaja conmigo. Soy así de chunga, pero no soy capaz de desconectar tantos días. Necesito estar al tanto del correo y de las bodas, aunque sea cada semana y a lomos de un elefante. Además, no os dejo solos. Mi querida Berta se queda al mando de las redes sociales. Total, en twitter conoce a más gente que yo… :) Y aunque está nerviosa lo va a hacer de maravilla.

Pero os digo una cosa, ya la comida me da igual, la ropa me da igual, la cámara me da igual, el calor y el frío me dan igual y el no poder alisarme el pelo en 40 días me da (casi) igual. Después de un año trabajando 15 horas al día y de un verano especialmente intenso, lo que quiero son vacaciones-que-no-descansar. Coger a Iván de la mano y echar a andar sin rumbo. Como hacíamos cuando estudiábamos y nada nos preocupaba.

Ahora sí, ¡que empiece la aventura! Os voy a echar de menos mucho, mucho, mucho, mucho.

Un beso enorme y que paséis un mes estupendo,

Indara

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