Este año, el 31 de julio, hizo un año que Iván y yo nos casamos. Un año y pico ya, y yo sigo sintiendo un poco de hormigueo cada vez que digo la palabra «marido». :)

Nuestros amigos se empeñaron en que querían reboda sí o sí y, como a los pocos días coincidíamos todos en Monforte y a mí me gusta más una fiesta que a un tonto un lápiz, no pude decirles que no. Al final nos decidimos por una cena en el jardín de la casa de mi abuela para diez personas. Yo no tenía ni tiempo, ni presupuesto ni material, así que tuve que montar en tres o cuatro días una fiesta bastante sencilla con las cosas que fui encontrando por casa, en las tiendas y supermercados locales y con flores cortadas directamente del jardín. Exigí etiqueta, nada de vaqueros. Si era una boda, era una boda. Y yo, por supuesto, volví a ponerme mi vestido de novia (la segunda cremallera ya no me cerraba, el año que viene no entro).

Primero les di las invitaciones. Toda la papelería la hice con esta preciosa plantilla de Wedding Chicks. Lo malo es que no tiene acentos, así que se los pegué después por encima con un programa de diseño.

Para recibirlos a todos, una limonada rosa bien fesquita y un poquito de picoteo. Y la mejor decoración posible, la preciosa lámina que le encargué a Mr. Wonderful como regalo de aniversario para Iván. Exitazo.

En la zona de la cena, la mesa decorada con cubiertos atados, una guirnalda de blondas y, lo que más gracia les hizo, el cubo del pozo colgado de un árbol a modo de cubitera para el vino.

De postre les preparé una mesita con varias cosas. Las nubes con chocolate blanco y moras robadas de la finca de al lado fue lo que más gustó. Y el brownie supersecreto de Iván. Mis pequeños cupcakes estaban bastante incomibles, eran todo azúcar, pero para ser la primera vez en mi vida que empuñaba una manga pastelera, por lo menos quedaron graciosos. :)

Y no podía faltar el regalito de la boda. Les preparé unos tarros de cristal con la receta ya-no-tan-supersecreta del brownie de Iván, a la que solo tenían que añadir huevos y mantequilla.

Pero lo mejor de la noche fue la sorpresa que nos prepararon. Nos hicieron subir a casa cinco minutos y, al bajar, habían organizado una boda de verdad, con niña de arras, coro gospel con túnicas moradas incluidas y señoras con mantilla española. Con un tapete de ganchillo en la cabeza y un ramo de flores de plástico, mi amigo Alberto nos volvió a casar, un año después, en una noche de verano inolvidable.

Brindo porque todos los años que nos quedan, hasta que seamos viejecitos, sean igual que mágicos que este.

¡Un besito y feliz fin de semana! :)

Indara