Me gusta el verano. Es más, ¡me encanta el verano! Así, en general, a lo grande, y también en particular, con sus mil cosas pequeñas que me hacen feliz. Es mi época favorita del año, y para mí nunca hace demasiado calor. Muchas veces hace demasiado frio, pero calor… no.

Con el tiempo he ido aprendiendo a apreciar y a disfrutar del resto de estaciones (si no, vaya pena de vida…), pero sin duda el verano sigue siendo lo mejor. Este año no sé cuánto podré disfrutar de la playa, del campo, de mis amigos y del calor. Veraneo laaaaaargo e intensivo como hace años ya no podré tener, pero es por un buen motivo, un motivo tan amarillo como el sol y que me hace igual de feliz que todas estas cosas:

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Los bañadores. Me encantan, mucho más que los bikinis. Los voy alternando pero siempre tengo un bañador listo cada verano, me parecen geniales.

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Las bebidas frías. Muy, muy, muy frías, tan frías que te duele la garganta y la cabeza cuando das un trago. Luego me arrepiento, pero mmmm, me encanta.

Leer, leer y leer. Pero reconozco que en la playa estoy incomodísima y no soy capaz. Necesito una buena sombra, pero en realidad con lo que más disfruto es leyendo en la cama sin preocuparme porque sean ya las 5 de la mañana y yo no tenga intención de cerrar el libro.

La fruta de verano. No existe un placer mayor. Cuando van apareciendo cerezas, y fresas, y melocotones, y sandías, y moras… A lo mejor que las haya pocos meses es lo que las hace especiales.

Los parques de atracciones. Lo reconozco, me vuelvo loca, me subo a todo, cuanto más bestia mejor. En mi vida me he mareado, y me he ido a casar con uno que vomita al primer looping. Si para algo quiero tener hijos, es para montarme con ellos en todo. Crucemos los dedos porque no salgan al padre. :)

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Tirarte en el campo. Así, sin más, boca arriba, e ir arrancando hierbas. Después de varios días de calor, el campo huele genial, como a seco y a gustito. Me pasa como en la playa, soy incapaz de leer. Mola solo tirarse y hablar hasta que las hormigas nos tengan demasiado martirizados.

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 El pelo de las chicas. Esas ondulaciones californianas ideales que se le hacen a algunas chicas después de la playa con el pelo salitroso. Yo no tengo esa suerte, y muero de envidia con esas melenas castigadas.

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El olor de las cremas de la playa. Y el del aftersun. Y mirad que soy vaga para las cremas, sobre todo en invierno, pero es abrir el bote de crema y teletransportarme, por lo menos, a las islas Cíes.

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Los barcos. Y en especial los veleros. Desde que hacía vela en los campamentos de verano y atropellé a aquel pobre niño en medio del mar (si me lees, ¡lo siento!), le cogí el gusto a navegar. Estar en un barco me hace feliz. En varios viajes nos hemos dado el caprichazo de alquilar uno para pasar el día, pero la verdad es que es muy caro y puedo hacerlo muy poco.

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Los sombreros de paja. Me chiflan, tengo varios… y no me los pongo jamás. ¿Por qué me puedo poner sin problema tocados de dos metros, y con un sombrero me veo ridícula? ¿Lo superaré?

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Hacer la croqueta. Es la verdad, no hay otra. Soy así de poco glamurosa. Tengo amigas que van a la playa y se mantienen impolutas todo el día. Yo en el minuto dos ya estoy rebozada. Otro buen motivo para tener hijos es sin duda poder croquetear a gusto sin parecer una loca.

Y a vosotros, ¿qué os hace felices? ¿Me ayudáis a ampliar la lista de pequeños placeres veraniegos? Yo la verdad es que me iría ahora mismo en un velero, con un buen libro, mi melena rizada y un sombrero de paja. Me pondría mucha crema y me tomaría una bebida muy, muy fría con un cuenco de moras. Y le pediría al capitán que me dejase en la playa para rebozarme un poquito, por supuesto, para terminar el día con mucha elegancia, jajajaa.

¡Un beso enorme y feliz jueves!

Indara