El otro día hablaba con una amiga de lo chulas que son las bodas en otoño. Decíamos que es una estación preciosa, de cambio, de transición. Los invitados han vuelto de las vacaciones, puedes conseguir los proveedores que quieres, la temperatura es más agradable y el sol consigue unos efectos geniales en las fotos.  Todo era perfecto, excepto una cosa: las calabazas. Me decía que a ver por qué estaba todo lleno de calabazas, que parecía que si no ponías calabazas o flores naranjas no era otoño. O vendimia. Calabazas y colores de vendimia por todas partes. Estaba indignada, y yo me moría de la risa. Le prometí que le haría un post especial de bodas de aire otoñal sin caer en los tópicos, y aquí está. Y no solo una inspiración, sino dos, y con un elemento poco recurrente: los metalizados.

La primera boda, en oro y verde. El verde pálido y natural del menaje y de las flores contrasta con el dorado de los candelabros y la fruta pintada, que le confiere aire glamouroso y teatral. Es una mezcla arriesgada con un efecto sorprendente.

En la segunda boda, igual de dulce aunque menos dramática, el color cobre de las botellas y del pelo de la novia se combina con un lavanda que aporta luz y frescura. La idea del buffet, esta vez de frutos secos, me parece fantástica.

¿Os quedáis con el glamour del dorado o con el rusticismo del cobre? Yo no sabría cuál elegir, porque cualquiera de los dos es capaz de transportarme a la puesta de sol de finales de octubre en las playas de Galicia.

¡Un besito y feliz miércoles! :)

Indara