Aún me queda alguna cosa que contaros de Nueva York, pero esta es de las que más ganas tenía: ¡los mercadilloooos! ¿Qué puedo decir? Si el rollo vintage y shabby chic os va, os vais a volver locos. Botes antiguos, latas, cajas de madera, muebles y todas esas cosas que vemos cada día en las bodas americanas y que aquí son tan difíciles de encontrar.

Compré un montón de cosas pequeñas, pero reconozco que me cayó alguna lagrimita mientras Iván me explicaba con paciencia de santo varón por qué no podía llevarme una mesa de tres metros en el avión.

El primer fin de semana fuimos al Brooklyn Flea que, como su nombre indica, está en Brooklyn. :) Os dejó aquí la web porque cambia de sitio el fin de semana y en verano e invierno. Nosotros lo encontramos en un espacio art decó precioso, la torre del reloj.

Este en realidad era un poco pijomercadillo, con puestos definidos y todo el material bien seleccionado, bien colocado e impecable. Algo más caro, eso sí, pero estaba todo tan bonito que apetecía comprarrrr, comprarrr, comprarrr (leído con tonillo de de King África).

El siguiente fin de semana fuimos al mercadillo de Hell’s Kitchen, en la 39th con la novena avenida. Es curioso porque está en una explanada enorme y rodeado de rascacielos. Este es más mercadillo-mercadillo, con muchos tesoros pero también mucha morralla, por lo que la sensación de volverte loco y quererlo todo era menor. Aunque fui perfectamente capaz de ignorar dicho inconveniente y volví a comprarrr comprarrr comprarrr.

Aquí le hice un poco más de caso a los puestos de ropa y acabé con un bolso de piel marrón enorme que mis amigos dicen que no me pega nada pero yo no me lo quito. :)

Pero lo mejor de lo mejor, el descubrimiento indiscutible fue una tienda sin nombre que encontramos caminando por Brooklyn. Apunté la dirección en algún papel para no olvidarme, pero he puesto la casa patas arriba y no soy capaz de encontrarlo. Estaba cerca del metro porque llegamos andando y ya sabéis que yo, andar, poco. :)

Mis gritos de emoción se escuchaban en Monforte. No es un mercadillo pero casi como si lo fuera, porque había verdaderos tesoros rescatados de granjas y casas de campo. Me lo hubiera llevado todo para mis novias sin dudar si no fuera por algunas reglas estupidas del señor Iberia.

Lo más divertido es que sé que hace solo dos años hubiera arrasado en los centros comerciales, y de repente me encuentro volviéndome loca y dando grititos con cajas de Coca-Cola y sillas desvencijadas. ¿Qué me pasa, doctor? :)

¡Un beso enorme y feliiiiiiz miércoles!

Indara

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